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FRENTE A VERDI

Seguros de esto, es decir, de que el entusiasmo ciego de un padre nada había dicho sobre mí que no estuviera dentro de los límites de la verdad, una noche me acompañaron al Hôtel de la Victoria, donde se alojaba por aquel entonces Verdi.

Era una velada de recepción, y así encontramos al ilustre maestro rodeado de una selecta compañía de literatos, músicos, aristócratas y periodistas. Verdi recibió con exquisita cortesía a Ungaro y a Sole, y estos le presentaron al pequeño músico que —aún lo recuerdo— se mostraba humilde y tembloroso en medio de aquella noble reunión.

Pero la amable sonrisa de Verdi me infundió ánimo, y la confianza volvió a mi corazón, de modo que respondí con franqueza y atrevimiento a todas sus preguntas. Luego se dirigió a una mesa, escribió dieciséis compases y, entregándome la hoja, me ordenó hacer una partitura para una pequeña orquesta.

—¿De cuántos y cuáles instrumentos? —pregunté.
—Pon flautas, violines, clarines, oboe, trompas de caza… en fin, como prefieras.

Me puse manos a la obra y, mientras tanto, las personas allí reunidas comenzaron a expresar deseos de que yo llegara pronto a convertirme en un nuevo astro del firmamento musical.

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